domingo, julio 31

Eres Leyenda

-¿Cardos?

Ella asintió sin girarse, absorta en su tarea.

-Los cardos no son flores.

-No hablo de cardos borriqueros, Robert. –Reguló el grifo para que el chorro del agua no fuera más que una suave caricia y comenzó a lavar el ramo. Los pétalos rojos quedaron bañados por lágrimas metálicas.- Me refiero a la flor del desierto. De color azul. Triste. Bella. Dura.

-Y con espinas. Me recuerda a alguien.

Virginia se giró para mostrarle su sonrisa. Respondía sin palabras.

-Las rosas también tienen espinas. –Robert se llevó de nuevo el dedo a la boca y succionó la sangre. Las manos de ella parecían invulnerables a las afiladas trampas vegetales.- Y son más bonitas. ¿No?.

-Pero en el fondo son como las demás. –Sus finos dedos arrancaron con terrible ternura un pétalo rosado.- Delicadas y débiles. Pásame el jarrón.

Obedeció su deseo. Ella acicaló su regalo, creando arte con tan sólo un ramo de rosas robadas y una jarra vieja. Las flores se acomodaron en su prisión transparente, que con los días se convertiría en un ataúd cristalino.

-Los cardos no mienten. Son lo que aparentan. Me gustan los cardos.

La miró y ella le respondió con una carcajada.

-Crees que estoy loca, pero simplemente soy un poco rara.

-Eres muy rara.

Le miró con picardía, anticipando sus palabras con un gesto.

-¿Y me quieres por eso? ¿Porque soy rara?

-No. Te quiero porque eres única.


Sonrió bajo la máscara. Casi había logrado recordar el tacto del beso. La memoria era la única compañera que le aportaba algo de humor. Se giró hacia el sur y contempló el desierto. La tormenta se colaba ya por los callejones de la ciudad y pronto lo alcanzaría. Legiones de granos de arena chocaron contra su visor, espoleados por una caprichosa emperatriz que exigía su sacrificio. El viento aumentó su furia, amenazando con arrancar los árboles y arrastrarlos hasta el horizonte rojo del atardecer. El hombre agarró con fuerza su manto, advirtiendo a la galerna de que el hurto de la prenda no sería tarea sencilla. Recuperó el aliento y continuó ascendiendo por la colina. En la cumbre, la impertérrita silueta del afilado edificio lo aguardaba con paciencia.

La tormenta le mordía los talones, recordándole que no era una buena compañera. Olvidó el peso de los cachivaches que llenaban su mochila y aceleró el paso. La puerta estaba cerca, ya podía ver un oscuro vano entre la piedra gris del edificio. Hurgó entre sus ropas y extrajo de ellas una llave anacrónica. La cerradura recibió a su amante y liberó su presa. Al instante, la puerta se abrió con un quejido de tristeza. Cerró tras de sí, y sin darse tiempo para descansar alzó la linterna. El haz de luz saludó cada tenebroso rincón de la iglesia. La oscuridad era ahora más traicionera que nunca.

Cuando por fin se sintió seguro, Robert Neville dejó caer su equipaje, se despojó del manto, depositó cuidadosamente las estacas y la pala sobre un banco y retiró de sus ojos la máscara protectora. Volvía a ser un hombre, y no una terrorífica criatura de rostro metálico. Le gustaba este lugar. La iglesia era el único sitio que mantenía intacta su quietud natural. Alzo su vista para contemplar a la figura que presidía el altar. El propietario de la finca le miraba con amor desde su incómodo descanso cruciforme. Neville sacó el papel y lo alisó como pudo. Las arrugas le daban un aspecto de pergamino solemne.

-Tengo mala memoria. Hay cosas que trato de recordar, pero no lo consigo. Fechas, palabras, nombres... Regalos, frases, eventos... Cosas sin importancia... pero son todo lo que tengo.

Aclaró su voz. Por alguna razón se sentía incómodo. Como si alguien fuera a sorprenderlo de repente. Casi se le escapa una carcajada ante la idea.

-Tengo mala memoria. Por eso he escrito aquí –alzó el papel para acercarlo a la vista de su interlocutor.- todo lo que tengo que decirte. He tardado tres días, pero el tiempo ahora me sobra.

Consultó el reloj. Quedaba poco para que empezara a anochecer.

-He estado reflexionando mucho acerca de mi situación actual. Nunca antes nadie estuvo tan solo, excepto tú. Así que sabes de lo que te hablo. Mi familia, mis amigos, mis enemigos. Todos han cambiado. Algunos han muerto. Mi hija se consume en los pozos de fuego...

Trató de apartar aquel recuerdo de su mente. El pequeño cuerpo, ligero en sus brazos. El calor en su cara. El sonido hueco de sus propios sollozos bajo la máscara. El rostro muerto de su niña consumiéndose entre las llamas, llorando lágrimas de fuego.

-Y los demás... Ya sabes lo que les ocurre a los demás. Todos han cambiado. Ellos me aterrorizan por la noche. Yo los cazo por el día. He matado cientos. Miles. Hombres, mujeres y niños. Los he atravesado con estacas. Los he disparado. Los he expuesto a la luz del sol. He penetrado en sus hogares y los he despertado de su sueño para sumirles en otro más profundo.

Giró su cabeza y contempló sus armas. Las estacas aún conservaban el rastro sangriento del trabajo de esa misma mañana.

-He asumido mi misión como algo necesario. No he mostrado ni piedad, ni compasión, pero ahora me asolan mis propios remordimientos. No puedo evitar pensar... ¿Soy cruel? ¿Acaso me he convertido en un ser más despiadado que mis propios enemigos?. Tú me creaste. Creaste a los que eran como yo... ¿Acaso son también obra tuya estas criaturas? Y si lo son ¿en qué me convierte eso a mí? ¿En un asesino? ¿En un pecador?

Fuera, la tormenta alcanzaba su esplendor. Fragmentos de tierra chocaban contra las vidrieras. Una luz rojiza se filtraba por la claraboya confiriendo al altar un aspecto demoníaco. El viento atacaba con su ariete a la vetusta puerta, que se defendía con lamentos de bisagras oxidadas.

-Creo que ellos no son tus hijos. Yo soy tu hijo, y no se parecen a mí. Puede que tú sientas que eres su padre, pero ellos no tienen nada que ver contigo. Ni tan siquiera temen tu ira. Contemplo el terror en sus ojos cuando perciben el rayo de sol, el golpe de la estaca, el estruendo del disparo. Cuando me perciben a mí. Hablan entre ellos. Susurran sus pesares. Tratan de combatir juntos sus miedos. Y no hay nada que les aterrorice más que yo. Soy para ellos una pesadilla, un mito. Soy leyenda. Pero... ¿qué eres tú?

La tempestad batía sus alas de furia sobre la frágil iglesia. Las puertas se abrieron con violencia y un torbellino ocupó la nave principal. Las vidrieras se quebraron, dejando caer una amalgama de colores sobre el suelo. El hombre alzó su voz sobre la naturaleza hasta convertirla en grito. El puño convirtió el papel en una bola de odio.

-¿¡Qué eres tú!? Eres sólo un cuento, una fábula. Eres leyenda. Tu no eres un dios, sino un traidor. ¡Traidor! ¡Tú me has abandonado! ¡Has abandonado tu misión! ¡Has abandonado tu creación! Lo has abandonado todo...

El huracán comenzó a cesar. El viento regresaba a su hogar, en los confines de los cielos. Robert cayó de rodillas.

-... y me has dejado a mí en tu lugar.

La tormenta había muerto. Las últimas luces del día entraban por la puerta. El puño del hombre liberó sus pensamientos arrugados, que rodaron por el suelo hasta perderse entre el escombro. Neville se alzó y recogió sus cosas, volvió a vestir su manto, ocultó su cara tras la máscara y una vez más sintió el peso de su misión cuando se colocó la canana de las estacas. Por última vez se giró para contemplar el rostro del reo.

-Tu y yo ya no tenemos nada que ver.

Dio la espalda a su dios y salió afuera. Desde allí se veían las tumbas abiertas del cementerio. Hoy había sido un día duro. Treinta y seis en el camposanto y otra veintena en la ciudad. Mañana debería hacer más estacas. El reloj pitó. Era la hora. Pronto ellos se alzarían. Debía apresurarse.

Tomó el camino hasta la carretera. Allí estaba la camioneta, aparcada ante el mausoleo. Había ramas y hojas por todas partes. Consultó el reloj. No quedaba mucho tiempo para la noche, pero no importaba: conduciría deprisa. Apartó la basura y limpió el pequeño templo. En el interior estaba el ataúd, el último del cementerio, anónimo, sin nombre en la lápida. Arrastrado hasta allí por él cuando los entierros eran ya ilegales. Las cenizas de los muertos debían alzarse hasta el cielo, o consumirse en los fuegos de la tierra.

Comprobó que las cadenas mantenían intacto su fuerte abrazo alrededor de la tapa. Los ajos también estaban en su lugar, pero el ramo había sido arrastrado por el viento. Robert depositó las rosas sobre la caja, y se despidió acariciando la madera. Cuando abandonaba la tumba, un escalofrío recorrió su espalda. Una voz de otro mundo le sobresaltó susurrándole palabras incomprensibles al oído. Fue más tarde, esa noche, mientras los alzados asediaban una vez más su hogar, cuando consiguió entender su significado.

-Rosas no, cariño. Cardos.

12 Tu opinión es importante:

Blogger Pablo Gutiérrez said...

Para empezar, siento una vez más el rollo, pero es que te lías, te lías...

El relato pretende ser un humilde homenaje a Richard Matheson, autor de Soy Leyenda, uno de mis libros favoritos y una obra imprescindible de la ciencia ficción literaria. Tanto Robert como Virginia Neville son personajes de Matheson, creados para protagonizar esta pedazo de novela sobre el último hombre vivo (precisamente así se tituló la muy libre adaptación al cine con Charlton Heston de estrella). Si no la habéis leído (cosa que dudo) os la recomiendo.

Ya me contaréis que os ha parecido. Un saludo a todos.

9:36 p. m.  
Blogger Javier Esteban Gayo said...

Me encantó esa novela, es una obra maestra con momentos de brutalidad y ternura que te dejan el corazón encogido. Pero la revisión que haces tú es...

¿en una palabra?

Cojonuda.
Me parece que sólo puedo darte las gracias por compartirla.

10:50 p. m.  
Blogger Pablo Gutiérrez said...

Gracias a ti por tener la paciencia de leerla, Javier. A ver si esta semana escribo un par de ellos pero más cortos. Me alegra que te guste.

9:23 a. m.  
Blogger Javier Esteban Gayo said...

Pues yo sigo diciendo que de longitud me parecen bien... si algo es tan bueno vale la pena dedicarle un ratito para disfrutarlo

4:54 p. m.  
Blogger Pablo Gutiérrez said...

¡Tú no me animes! :D

6:29 p. m.  
Blogger Juan Carlos said...

muy bueno, pablo. Has igualado el nivel del primero y a ratos lo superas.

12:21 p. m.  
Blogger Pablo Gutiérrez said...

Muchas gracias Juan Carlos. A ver si logro mantenerlo con algo más breve. ;)

12:33 p. m.  
Blogger Toni Boix said...

Muy bueno, Pablo. Soy Leyenda es realmente un libro muy bueno y tú ambientas con belleza esta pequeña historia en su background.
Creo que lo de los cardos y las rosas está muy bien y yo debo reconocer que aún me habría extendido más en la conversación del protagonista con su Dios. Pero realmente la idea que la anima es muy humana, interior, comprensible... no sé, se podrían decir muchas cosas de ella.

10:20 a. m.  
Blogger Pablo Gutiérrez said...

Gracias Toni. La verdad es que hace unos años cuando leí el libro eché en falta esta escena. Matheson es tan bueno que consigue describirla simplemente mediante sugerencias, sin necesidad de mostrarla explícitamente.

El otro día estaba ordenando libros y me encontré con él, así que pensé que era el momento de rendirle un humilde tributo.

Con dios se podrían hablar de tantas cosas... pero pensé en vosotros y moderé el rollo, que me empiezo a perder y no termino. :)

Gracias por los comentarios.

2:48 p. m.  
Blogger Pablo Gutiérrez said...

Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

6:41 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

Excellent, love it!
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5:53 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

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11:08 a. m.  

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