domingo, octubre 2

Adiós amigo

La cuerda se hundió un centímetro más en sus guantes, lacerando la carne con su rugoso tacto. La nieve se amontonaba en el cristal de sus gafas, dando a su visión una aterradora mezcla balquinegra. El viento amenazaba con cada golpe con arrancarle de la roca.

Afianzó como pudo sus botas en el saliente y miró al vacío. Treinta metros abajo, la silueta se balanceaba como un péndulo que marcaba los segundos de una macabra cuenta atrás. El piolet avisó con un crujido que su invasión de la roca granítica sería pronto rechazada. El brazo envuelto en cuerda lo imitó, obligando a sus músculos a lanzar un quebradizo ultimátum. El cordón umbilical anudado a su mano ataba a la vida a su compañero.

Gritó de dolor y de rabia. Sus palabras fueron arrastradas por la ventisca hacia lo más profundo de la noche. Uno de sus pies abandonó por un momento la cornisa, pisando la traicionera superficie de un abismo. Se juntó a la roca, deseando que esta lo acogiera en su regazo como una madre protectora. El brazo se le iba a separar del cuerpo. No aguantaría mucho más.

La sombra llamó su atención desde el vacío. Desde la altura pudo distinguir el brillo metálico de una navaja. El corte alivió inmediatamente la tensión de la cuerda. Su compañero se perdió silenciosamente en las tinieblas, cayendo lentamente hacia el suelo rocoso. La imagen le pareció tal irreal como despertar en un sueño.

Lloró de rabia y de impotencia. Se maldijo a sí mismo. Maldijo a Dios, a la naturaleza y a la montaña. Pasó largo tiempo lamentándose contra la roca hasta que lo comprendió. Tenía una oportunidad. Se lo debía.

La cima aún estaba lejos.

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Anonymous Anónimo said...

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4:13 p. m.  

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