domingo, octubre 9

Sobre una Escoba

La valla se alzaba sobre la acera como las murallas de una fortaleza, un castillo enemigo adornado con hiedra y amenazadoras lanzas de metal negro. Era tan alta que tenía que estirar el cuello para ver el final.

-Sólo hay que saltar la valla –Dijo el niño gordo.

-Sí, no seas mariquita. –Apoyó el estirado.

El gordo no esperó a demostrar su sabiduría corrigiendo a su amigo. –Una niña no puede ser mariquita idiota.

El dúo de académicos comenzó una discusión lingüística que, para ella, carecía de interés. Se aferró con fuerzas a la piedra e inició el ascenso. Una vez llegó a los barrotes, su escalada se hizo más sencilla. Para cuando los adalides del idioma hubieron decidido que el término más adecuado para calificarla era el de “cobarde”, ya estaba al otro lado de la valla.

Lejos de felicitarla, el gordo repitió su advertencia. –O lo recuperas o me lo pagas. 50 pavos que vale.

Ana caminó por el jardín. Los árboles empezaban a pagar su tributo al otoño, acumulando en la tierra que cubría sus pies cientos de billetes mortecinos. Las ramas perdían su pelaje para dejar a la vista sus huesos desnudos de estatuas cadáver.

El balón flotaba en el centro de la piscina, encallado en un mar Sargazos compuesto de hojas muertas. Pensó en rescatarlo bombardeando con pedradas su prisión orgánica, pero supuso que aquello molestaría a la bruja.

Según el gordo y el larguirucho, la bruja medía 3 metros, tenía ojos eléctricos y su pelo estaba hecho de serpientes muertas. La bruja arrancaba las almas a los niños y las guardaba en un pote de propinas. Sólo comía murciélagos muertos, y por las noches volaba por el cielo del barrio montada en una escoba.

Un frío susurro estremeció la breve espalda de Ana cuando se dio cuenta de que era incapaz de alcanzar la pelota por sí misma. Pensó en volver a casa y contárselo a sus padres, pero a mamá no le gustaría tener que pagar 50 pavos por la pelota, y papá no salía mucho de casa. Papá odiaba hablar con extraños.

Ana reflexionó sobre su situación. La visión de su hucha rota la hizo tomar una decisión. Se arriesgaría con la bruja.

Se plantó con firmeza ante la puerta enrejada y pulsó el botón. El vetusto timbre respondió a su petición con un chispazo azulado acompañado por un zumbido. Antes de que el humo se hubiera disipado, la puerta se abrió con un chasquido. De no haber sentido el dolor eléctrico en su pequeño dedo, Ana no habría dudado en pensar que aquello había sido obra de la magia negra de la bruja.

Caminó por el recibidor. Los muebles parecían viejos fantasmas bajo sus sábanas blanquecinas. El polvo retenía la luz de las ventanas, que tras superar la barrea de suciedad, era filtrada por la tenue presencia de unas marchitas cortinas. Cuadros de gente muerta la observaban desde la pared. En una esquina, un reloj anunció la hora con un inaudible campaneo. Eran las nueve de la mañana.

Contempló la escalera desde la desierta planta baja. Su intento de gritar un saludo murió en su garganta, asfixiado por el creciente terror. Asiéndose a la balaustrada, inició una lenta ascensión por los quejumbrosos peldaños de la escalera. Cada paso la permitía ver cada vez un poco más del lúgubre piso superior. Tal vez la bruja solo estuviera despierta de noche.

Al llegar al último escalón, un pitido paralizó a Ana. La continua serie de bips, proveniente del fondo de la planta, murió súbitamente siendo sustituida al momento por una cálida melodía. Una voz femenina cantaba acompañando los acordes electrónicos. “¿Quiénes son ellos? ¿Dónde están ellos? ¿Cómo pueden saber todo esto ellos?” Una persiana se abrió, dejando paso a la luz. Oculta tras la voz de la ninfa, otra menos afortunada acompañaba la canción, alternando su propio canto con melódicos silbidos.

Ana recorrió el pasillo, atraída por la música, hasta llegar a la última habitación. La cama estaba aún revuelta, y un cd daba vueltas en un moderno reproductor. Sobre una improvisada mesa, una bandeja cubría los restos de una cena. Ana esperó ver las alas de un difunto murciélago, pero sólo era un trozo frío de pizza. El instrumental de la ventana pronto llamó su atención. Cámaras de fotos y vídeo, sujetadas en altos trípodes, lucían grandes teleobjetivos que apuntaban directamente al otro lado de la calle. Directamente a su casa.

Sobre la cama, en una corchera, había fotos de gente que conocía. Amigos de papá y mamá. Fotos de todos ellos en blanco y negro. Hablando, sonriendo, portando regalos para papá. Incluso una foto de ella misma disfrazada para el cumpleaños del niño gordo, tres días atrás.

Ana tardó en percatarse de la presencia de la bruja. Se giró atenazada por el pánico, hasta contemplar la figura que permanecía en pie a su espalda.

La bruja era más joven que mamá. No debía pasar de los 28 años. Era alta y muy delgada. Su pelo corto caía sobre su frente, tratando de ocultar con alas de cuervo unos enormes ojos azules. La bruja vestía tan solo ropa interior y apuntaba a Ana con una pistola enorme. La bruja relajó sus músculos y la pistola descendió.

-Caray niña. Por poco me matas del susto.

Ana no respondió. No esperaba que la bruja fuera tan... La chica era como una de esas hermosas estrellas de la tele a las que le gustaría parecerse de mayor. Se sentó en la cama, depositando la pistola sobre las sábanas, y tras revolver su pelo azabache replegó sus piernas como si fuera a hacer yoga y miró a la niña. La música murió en la minicadena.

-¿Qué se te ofrece, princesa?

Al no obtener respuesta por parte de Ana, compuso un retador gesto de simpatía.

-¿No hablas? Yo tampoco hablaba mucho a tu edad, pero un día empecé a hablar y no callé hasta que dije todo lo que tenía que decir.

Ana comenzaba a tranquilizarse. La bruja se parecía mucho a una hermana mayor, o incluso a una joven madre.

-Si adivino tu nombre... ¿hablarás?

La niña asintió con la cabeza. Dudaba de los poderes de bruja de aquella joven.

-Te llamas... –hizo un teatral gesto llevándose sus dedos a la cabeza mientras cerraba los ojos concentrándose- Amapola...no. Andrea... no. Ana. Eso es. Te llamas Ana.

La niña no se lo podía creer. –¡Eres una bruja!.

-Eso dice mi último novio. Pero en todo caso una bruja buena.

-¿Y llevas pistola? Creí que llevabais varita.

-Hay que modernizarse. La varita no impresiona mucho.

Ana rió por un segundo, hasta que su mirada se posó de nuevo en las fotografías de la pared.

-¿Le estás robando el alma a mi papá?

La bruja rió. Su carcajada era sincera y, en contra de lo que esperaba Ana, no la paralizó de horror. Definitivamente era una bruja enrollada.

-¿Lo dices por las fotos? No, cariño. Solo vigilo para que no le pase nada malo. Soy una bruja buena, ¿recuerdas?

Ana asintió sonriente.

-Mi pelota se ha caído a tu piscina.

-¡No fastidies!

La joven bruja saltó de la cama y miró a la piscina a través de la ventana.

-Pues vamos a por ella, pero tienes que prometerme algo.

Ana la escuchó con atención.

-Tienes que prometerme que no le dirás a nadie que existo ¿vale?. Si alguien se entera, vendrán a por mí por la noche y desapareceré. Y nunca, nunca, nunca podré volver a ayudar a nadie. ¿Trato hecho?

-Hecho –Respondió Ana con convencimiento.

La bruja sonrió, y dándola la mano, descendió junto a ella las escaleras y salieron fuera, hasta llegar al borde de la piscina. Tras estudiar la situación, la bruja morena soltó a Ana y la dijo con una enorme sonrisa.

-Espérame aquí.

Ante el asombro de la niña, la joven se lanzó al agua, y con dos brazadas, llegó hasta el balón. Cogiéndolo en sus manos lo lanzó hacia la niña, que lo capturó sin dificultad.

-No lo cojas aún o te mojarás. –Gritó mientras emergía del agua. La breve vestimenta de la hechizera chorreaba de agua, y de su pelo pendían dos hojas muertas.

-Recuerda nuestra promesa ¿eh?

-Sí. ¡Gracias brujita!

-De nada cielo. Voy adentro antes de coger una pulmonía.

Y corriendo, sin percatarse del timbre quemado, volvió a entrar en la casa. Ana avanzó por el jardín hasta llegar a la puerta de la valla, que se abrió con un zumbido electrónico. Tras devolver el balón al gordo siguió hasta su casa. Adentro, mamá limpiaba las tazas del desayuno mientras papá contaba fajos de billetes. La pistola, como siempre, reposaba cerca de él, sobre la mesa.

- Mamá. Papá.

Ambos cesaron en sus tareas, contemplando a su hija. Ana tomó aliento, segura de lo que tenía que decir.

-Los federales nos vigilan.

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Anonymous Anónimo said...

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Anonymous Anónimo said...

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10:57 p. m.  

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